Marianita y el lugar secret
Había una vez, en un pequeño pueblo, una niña llamada Marianita. Tenía
aproximadamente ocho añitos, vivía con su adorada familia: sus padres y su
abuelita.
Un día, Marianita salió con sus padres y su abuelita a comprar comida al
mercado y a una tienda que quedaba un poco lejos de la casa. En el camino, la
abuela la notó muy callada y le preguntó:
—Cariño, ¿por qué estás tan triste?
Marianita respondió diciendo que los niños del colegio la ignoraban y no
jugaban con ella. Su abuela la abrazó y le dijo con cariño:
—No te preocupes, mi amor, yo siempre estaré contigo y conmigo podrás jugar
hasta cansarte.
La niña sonrió un poco y abrazó a su abuela. Entonces, a la abuelita se le
ocurrió una gran idea: hacer galletas para que Marianita las compartiera con
sus compañeros y así pudiera tener nuevos amigos.
Pasaron un buen rato en la tienda comprando lo necesario y luego regresaron
a casa. Al llegar, Marianita les contó a sus padres el plan, y todos juntos
comenzaron a preparar las galletas. Querían que quedaran deliciosas y
diferentes.
Cuando terminaron, Marianita, contenta y cansada, se despidió de sus padres
y su abuelita, no sin antes decirles cuánto los quería y que deseaba que
amaneciera rápido para poder ir al colegio con las galletitas.
Al día siguiente, Marianita se fue con su padre al colegio. Cuando sonó el
timbre, empezó a repartir las galletas entre sus compañeros. Todos le
agradecieron y dijeron:
—¡Mmm, están deliciosas!
Después, llegó el recreo y Marianita se sentó en una banca esperando que la
invitaran a jugar, pero ninguno de sus compañeros lo hizo. Se sintió muy triste
y aguantó las lágrimas hasta que su abuelita llegó a recogerla.
Camino a casa, le contó lo que había pasado. Su abuela la abrazó y le dijo:
—No estés triste, pronto se cumplirá tu deseo.
Esa noche, Marianita decidió salir a caminar un poco. En la oscuridad,
escuchó unos ruidos que venían de un pequeño arbusto. Al acercarse, vio un
perrito atrapado entre unas raíces. Lo liberó, y el perrito, muy alegre,
comenzó a lamerle la cara.
Marianita jugó con él toda la tarde y decidió llamarlo Pelusa. Sus padres
aceptaron que se quedara con ellos.
Al día siguiente, Marianita salió a jugar con Pelusa al cerro, pero el
perrito se perdió. Ella lo buscó con desesperación, pero no lo encontró.
Triste, se recostó junto a un arbusto para descansar, y de repente, el arbusto
empezó a brillar.
El arbusto se abrió y mostró un hermoso lugar secreto, con flores, un lago,
un columpio y un cielo lleno de luces. Desde lejos, escuchó unos ladridos: ¡era
Pelusa! Corrió hacia él y lo encontró rodeado de varios niños que reían y la
invitaron a jugar.
Corrió tras su perrito y empezó a hablar con los niños. Al rato, empezaron
a jugar y la invitaron a unirse al juego. Ella aceptó y jugaron por horas en
aquel lugar tan hermoso.
Al llegar la noche, Marianita se fue, pero antes prometió no decirle a
nadie sobre el lugar secreto.
Marianita siempre iba al lugar secreto para jugar, y al llegar a casa le
contó a su abuelita y a sus padres sobre ese lugar. Ellos se alegraron mucho y
su abuelita le dijo que gracias al juego había encontrado nuevos amigos, y se
abrazaron muy felices.
—¡Sabía que pronto tendrías amiguitos! —le dijo su abuela.
Marianita respondió muy alegre. Ahora tenía muchos amigos, adoraba su lugar
secreto y siempre jugaban allí. Todas las tardes iba al lugar secreto con su
perrito Pelusa, y así Marianita vivía muy feliz con su familia, su perrito y su
lugar secreto.
FIN

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